Juego libre y juguetes. Reflexiones.

Hoy estoy con los juguetes…

Recuerdo cuando era pequeña, recuerdo un juego en especial, uno que duró 2 días enteros, los que pasé en la casa de campo de una amiga, con unos 8 ó 9 años, y no duró más porque volvimos a la ciudad, al cole y a la rutina. Éramos dos valientes amazonas, galopábamos el día entero, entre árboles, hierbas, ramas…

Como todos los niños para eso utilizamos un juguete, claro, y creo que fue uno de mis mejores juguetes: “una caña”.

Sí, simplemente una caña, esa planta de la familia de las graminias que puede llegar a medir hasta 5 metros de altura.

Las encontramos el primer día, enseguida cogimos una cada una y nos pusimos a “galopar”, vimos que nos faltaban unas buenas riendas, así es que volvimos a la casa y nos hicimos con dos cordones viejos de zapatillas y, ¡listo!, ¡caballos ensillados con cabezada y riendas! todo preparado para un perfecto fin de semana lleno de aventuras a caballo.

Creo que nunca caminé y corrí tanto como esos dos días.

Pasaron varios años cuando, en casa de otra amiga, decubrí que habían inventado una “caña avanzada”, era un palo con cabeza de caballo y ruedas.

¡Qué guay!- pensé al recordar lo bien que lo pasamos; pero, al acercarme, tocarlo y verlo tan “rígido”, se me acabó el encanto… Ese juguete sólo podía ser así.

Aquella caña era mucho más, la cortamos a la medida que nos gustó, le abrimos el extremo inferior y para mí era la cola de caballo más bonita que pudiera existir, le até las riendas a mí gusto y, sinceramente, no veía una caña, sino un caballo, porque podía imaginarlo entero, podía ser como yo quisiera que fuera, ¡y era tan guapo!.

Ayer mis niñas me recordaron este tipo de juguete, que, para mí, es el verdadero juguete.

De pronto las veo muy concentradas, jugando con piezas de dos juegos de dominó incompletas, esas piezas que más de una vez su papá quiso tirar porque “total así no sirven”. Cada una estaba inmersa en su mundo, construyendo una ciudad, un coche, un cohete espacial. Lo armaban y desarmaban, volvían a construir, hablaban, se sorprendían y volvían a construir.

Pero no sólo era bonito ver cómo construían, sino cómo disfrutaban de sus construcciones, todo junto a esas historias fantásticas de viajes, cohetes y ciudades extrañas. Pero es que eran así, no eran piezas de dominó, eran cohetes, edificios interminables, caminos infinitos, estrellas, casas mágicas; ¡si es que yo también podía verlas!.

Creo que está claro que los juguetes que incentivan la creatividad son materiales que no determinan ningún juego o resultado específico. Aquellos con diseños que no dictan resultados predeterminados o que dirigen su pensamiento en un sólo sentido.

Los niños están diseñados para ser curiosos. Desde el nacimiento, quieren saberlo y averiguarlo todo, están constantemente retándose a sí mismos y pueden lograr todo lo que se proponen a través de un proceso implantado biológicamente, que nosotros llamamos juego.

A veces nuestra ansiedad para que conozcan ciertas cosas a edades específicas crea un obstáculo para confiar y permitir el desarrollo natural. Cuando los niños juegan, son ellos los únicos autores y protagonistas de ese proceso mágico.

Los cachorros mamíferos juegan mucho cuando son pequeños, y de esa forma adquieren las habilidades que necesitarán de adultos. Cuanto más inteligente es la especie, más importante es la etapa dedicada al juego, por eso los niños necesitan jugar tanto.

Es muy sencillo brindarles juguetes aptos para que ellos mismos decidan cómo usarlos: papeles en blanco, pinturas, bloques simples, cacerolas, cucharas, ropa para vestirse, juguetes de montar y escalar al aire libre, una escalera, barras para colgarse; cualquier objeto común de uso casero a los que los niños puedan acceder cuando quieran imitar la actividad doméstica, como “cacharros” de cocina, de limpieza, etc.

Como dice Isabel F. del Castillo: “El juego infantil es una necesidad básica para un buen desarrollo de la inteligencia y también para el equilibrio físico y emocional acorde a su edad”.

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